AGOSTO SE MARCHA EN UN PAÑUELO 

 

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Otro mes de agosto. Un cartel de cerrado por vacaciones. Las puertas del bar de la esquina ya no se abrirán hasta septiembre. De nuevo las calles de la ciudad quedan vacías, con apenas unas pocas almas deambulando a media mañana. Los coches circulan sin prisas. El asfalto de la carretera arde bajo los atascos y las retenciones de vehículos que se escapan como prófugos, y no sólo del calor, sino de la rutina en la que hemos convertido nuestras vidas. Las grandes caravanas emigran como repobladores de lejanas tierras bañadas por el mar.

Es cierto, ya no es como antes. Esta vaga descripción se aleja en gran medida de nuestra realidad de hoy, pero algunas imágenes todavía se repiten, porque algunas son tradiciones que son difíciles de olvidar.

Otra vez el mes de agosto. El reencuentro de amigos estivales. Las noches se alargan entre conversaciones que se embriagan en copas de alcohol. El Johnnie Walker se diluye poco a poco en agua. El hielo cruje, hace calor. Paco me mira. Sonríe. A veces no sabemos que esconde una sonrisa. Pensamos que los problemas no están detrás de una risa espontánea, que tras ella sólo puede existir felicidad. Hace un año que no nos vemos y en ese tiempo apenas nos hemos enviado un par de wathsapp. Ya ni siquiera descolgamos el teléfono.

Me he quedado observando al resto. Todos ríen. Veo ese cruce de dos miradas. Esconde la complicidad de una madrugada pasada, un beso en la oscuridad de la orilla del mar, las caricias de dos jóvenes y que ahora los años se han teñido en sus sienes plateadas. El recuerdo de un amor de verano. De ese amor que fue eterno en la memoria, pero que apenas duró unos días. Ese amor que en la despedida del estío quiso vestirse de esperanza por volver al encuentro en el tiempo, y que al siguiente verano desapareció.

De nuevo el mes de agosto. La prensa se escribe con otras letras. Erratas de la inexperiencia que encuentran siempre el perdón. Noveles presentadores de radio y televisión, rostros jóvenes y voces desconocidas, que son sustitutos por unos días de esos líderes de opinión. Todo agosto espera tener noticias amables, incluso con brochazos de color rosa. Pero estos jóvenes periodistas se encuentran con noticias que no quieren dar. La muerte de una mujer a manos de su antigua pareja, que después se quiso suicidar. Unos niños que pierden la vida, y lo más cruel, ha sido su padre quien se la quitó. Dos chicas, dos ilusiones siempre por vivir, que un canalla arrebata en un momento y entierra de la manera más cobarde. Agosto no quiere estas noticias. Y hoy vuelvo a recordar como en este mismo mes, de hace unos años, se encontraron los restos de Ruth y José, los niños de Córdoba, y cuyo padre cortó sus vidas, sin razón que encuentre un mínimo perdón. Este mes se ha llenado de noticias que nadie quiere escuchar.

Y en la política todo sigue igual. Un ministro recibiendo a un amigo porque éste le dice que teme por su seguridad. Me pregunto si ese mismo ministro recibiría a María, cuyo marido acaba de incumplir una orden de alejamiento y sigue caminando a diez metros de ella como si no pasara nada. ¿Acaso María no teme por su seguridad? Y mientras tanto, el resto de esos otros políticos siguen en sus luchas, que son suyas, pero que para nada son de los ciudadanos de a pie. Esas peleas internas por satisfacer sus ansias de poder, de dar placer a sus egos, para que disfruten en su nirvana particular. Y por otro lado, los nuevos salvadores de la democracia, los que incluso la maldicen llamándola despectivamente Régimen del 78, aunque olvidando que ellos están ahí porque este sistema no es tan nefasto como lo han pintado. Algunos andan perdidos en su política de escaparate, y poco tiempo ha transcurrido para comprobar que también acuden  para vestirse al mismo sastre, acomodándose sin reparo ese mismo traje de soberbia, similar al de aquellos otros que llevan tantos años poniéndoselos.

Ya solo nos queda que este mes se comience a marchar. Ha comenzado a dejar demasiadas ausencias, que tanto duelen y tanto dolerán aunque pasen los años. A pesar de esa armadura que nos colocamos antes de salir a la calle y mostrarnos como esos personajes de una farsa teatral, agosto comienza a despedirse. Otra vez las maletas desechas y las maletas por hacer. Paco y yo nos hemos abrazado. Él se marcha de la mano de su mujer. Esa mujer que durante toda la noche ha adornado su cabeza con un pañuelo.

Agosto se marcha. He cerrado los ojos. He imaginado que por una vez aquellas noticias no se volverían a repetir, que ninguna mujer fuera víctima de aquel odio; que a ningún niño se le quitara la vida por un padre por no se sabe qué; que María caminara segura por las calles y que el próximo año, cuando llegue el mes de agosto, hagamos volar ese pañuelo para que nos volvamos a ver.

 

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