LA BAILARINA DE LOS PIES CALLADOS

 

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1 de enero de 2014.

La mañana comienza a despertar y esta noche el silencio ha perdido su batalla como cada año. La soledad no ha sido compañera de las calles durante las horas oscuras. Hace frío. La calma del amanecer espera paciente a que los jóvenes y menos jóvenes se vayan a dormir, cuando el sol ya aparece entre las nubes. La escarcha de los árboles comienza a crujir levemente y una suave brisa empieza a soplar. Un nuevo día. El primer día y volvemos a comenzar. Empieza una nueva cuenta. ¿O es otro día más?

Las figuras que deambulan disfrazadas de alegría nocturna se difuminan entre los cristales empañados de la mañana. Al final del pasillo, en el salón, se escucha de fondo el sonido de un violín, un oboe y un violonchelo. Las notas musicales del año nuevo. Es el único sonido que calma el ruido de un amanecer juvenil, excitado, lleno de vida por delante. Adolescencia de atrevidos trasnochadores que comienzan el año haciendo de la noche, el día. Voces rotas que rompen el silencio de la mañana. Risas limpias, algunas lágrimas por un desengaño inesperado.

He descorrido con dificultad la cortina. Mis dedos limpian la ventana y abren pequeños surcos entre las lágrimas de un cristal atormentado de la noche. Mis ojos marrones se han vuelto torpes. Aquella mirada insinuante quedó perdida en un último beso. Después de aquel día, mis labios no probaron el sabor de otro amor. No sin dificultad vislumbro los rostros de aquella pareja que baila en la casapuerta que hay en el edificio de enfrente. Sus cuerpos inseparables, un roce frenético. Sus piernas se entrelazan en un tango de movimientos apasionados. El fuego de dos cuerpos jóvenes, de piel tersa y firme. Las pupilas excitadas y cristalinas de dos miradas ausentes, atrapadas en su isla de soledad. El vestido negro de ella, las rodillas se desnudan en el aire. Los tobillos finos y firmes. Él la acaricia por la cintura, la sostiene. El cuello de su camisa blanca esconde tatuado los labios de ella. Han quedado solos en la calle. No hay ruido. Ya sólo queda la música en sus oídos.

Las palabras no son esclavas de los labios. Las palabras también se dibujan en el aire, con el baile de dos cuerpos que se mueven con armonía. Tiene su propio lenguaje. Aquel baile en el amanecer de aquellos desconocidos ha despertado un recuerdo en sus pies. Sus manos arrugadas se aferran en el reposabrazos del sillón. La fuerza se aquieta a un instante. Aquellos ojos enloquecen entre lágrimas. Su cuerpo apenas puede levantarse más allá de un cuello que se eleva entre unos hombros hundidos. Añora su vestido de amplio escote y espalda descubierta. Sus pies recuerdan lo que se había convertido en olvido, los movimientos de cada noche en el salón de baile. No tiene fuerza. Sus pies inmóviles ante el anhelo de ese recuerdo. Hoy a sus noventa años ya se siente como una bailarina de pies callados.

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