EL INNOMBRABLE

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Vaya asco de país en el que vivimos, ni a los muertos se nos respeta nuestra última voluntad. Siempre dije que el día que llegara mi muerte, me incineraran, y mis cenizas las echaran al mar. Pero ni caso. Aquí me veo, tumbado, encajonado entre estas seis paredes. Supongo que habrán pensado que mis restos podrían contaminar el mar. Al final creo que han hecho bien. Los perdonaré, no lo tendré en cuenta para cuando ellos lleguen por aquí.

Lo cierto es que no sé cómo he terminado hablando de ti. Me he ido al diccionario para ver tu significado, para saber que se esconde detrás de esas cuatro letras que por rubor muchas veces no nombramos. Bueno, eso de cuatro letras aquí las dejamos en tres. En esta tierra, mi tierra, Andalucía, nos comemos las palabras. Y lo hacemos me imagino porque siempre hemos pasado hambre, y claro, si no tenemos que comer, de algo nos tendremos que alimentar, así que muchas palabras las dejamos en casi la mitad.

Igual tienen parte de razón aquellos que hablan de esta tierra y muestran cierto menosprecio a nuestra forma de hablar, de escribir y hasta de vivir. No tengo nada que reprochar a aquellos que piensan que en esta tierra la incultura corre por sus calles y que la ignorancia de la lengua y de la palabra se encuentra en cada rincón de este sur, que para muchos es el norte. Qué habrían pensado Gustavo Adolfo Bécquer, Luis de Góngora, los hermanos Machado, Juan Ramón Jiménez, Luis Cernuda, los hermanos Álvarez Quintero, Rafael Alberti y Federico García Lorca, de esos que dicen que en esta tierra no sabemos hablar. Y me pregunto qué pensarán José Manuel Caballero Bonald, Luis García Montero y Felipe Benítez Reyes de esos que hablan que en el sur las letras se visten de indolencia y falta de reflexión y sensibilidad.

Bueno, al final he terminado hablando de algo, que veo no podía callar. Me he ido por los cerros de Úbeda sin pensar. Por cierto no dejéis de visitar a esa andaluza castellana, a esa gran ciudad, cuna de Antonio Muñoz Molina y Joaquín Sabina, maestros de las letras y de la sonoridad.

Regreso a ti, a la innombrable de cuatro letras. A la que dicen que por ti, aquí me encuentro. Eres silenciosa y sonora. De pequeño recuerdo como todos se reían a mi alrededor, incluso mi padre y mi madre hacían una fiesta al escuchar aquel sonido que se escapaba de mi interior. Y ahora, a mi vejez, justo antes de morir, todos me disculpaban con sus miradas y una leve sonrisa se les dibujaba en sus labios, cuando de nuevo aquel ruido encontraba su libertad.

Creo que a todos se nos ha ido por un momento y que incluso nuestras mejillas se han sonrojado por saber que su presencia se volvía inapropiada en un instante. Y lo que me llama la atención es cómo al final he terminando hablando de ti, en este descansadero de mi viaje, y en la puerta de este lecho de mi muerte alguien ha puesto un texto que dice…”por aguantar un peo, aquí me veo”.

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