LA ISLA DE LA ESPERANZA

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Sonaba por última vez la campana y el murmullo se hizo por un instante silencio. Las miradas de María, Sergio, Carlos, Elena, Sofía… y todos aquellos pequeños se quedaron prendidas de mis lágrimas, de mi voz temblorosa y rota por la emoción.

Por aquellas casualidades de la vida, me jubilaba el mismo día que se celebraba el Día de la Mujer y después de tantos años de trabajo, en el transcurso de una mañana, mi vida había recorrido ese viaducto de los recuerdos que se guardan en ese rincón de la memoria. Por un momento me fui de este mundo, y realmente tuve conciencia de haberme marchado de él en busca de aquellos instantes que quedan marcados en la piel, en los ojos, en una mirada llena de experiencia y de un aparente cansancio.

Mi cuerpo se tambaleó y desperté de aquel extraño leve letargo de un sueño. El abrazo de mis niños, entre risas, lágrimas, gritos y silencios, hizo que me sentara, ya por última vez, en aquel sillón de una clase que se había convertido en mi isla de la esperanza. Aquellos besos, puros, llenos de amor y cariño, se convirtieron en el mejor regalo de mi despedida, del comienzo de una etapa que nunca pensé que llegaría y a la que no presté incluso ni importancia un tiempo atrás.

Pero aquí me encuentro, el lunes ya no volveré al lugar donde se comienzan a forjar los pequeños sueños, y tendré que habituarme a mi nueva situación, a vivir cada amanecer con una nueva ilusión.

Cuando se marcharon, allí me quedé a solas con los pupitres vacíos, llenos de vivencias, de miradas inocentes, de risas y de los nervios de los primeros exámenes. Mis ojos se volvieron a llenar de lágrimas, y los recuerdos de aquellos inicios volvieron a hacerse realidad, a estar presente en este momento de mi vida, y regresaron de aquel pasado en el que el miedo y la incertidumbre eran dueños de ella.

La mirada de mi madre en cada amanecer, la voz cálida de mi padre en las noches de vigilia y las caricias de mi abuela fueron el tejido de mi infancia. Ellos, sólo ellos, supieron de mis lágrimas de dolor ante los insultos y el desprecio, del rechazo, del mío propio, y de aquellos que en su día se llamaron amigos y que me volvieron la espalda con los años.

Y hoy mis ojos cristalinos se sienten más que nunca ojos de mujer, de aquella mujer que desde la infancia vivió en un cuerpo extraño, y que hoy el día que me jubilo, y en el que se celebra un día envuelto en sueños, siento con más fuerza que no me convertí de hombre a mujer, sino que me sentí en aquella Carmen que desde pequeña siempre me vi.

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