La mecedora de las ocho nanas

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Cada día me sentaba en la mecedora a mirar tu fotografía. Mis lágrimas y mis sonrisas se mezclaban entre los susurros, los besos y los abrazos de aquella imagen que regresaba a mi vida cada vez que salía de la caja de los recuerdos.

Aquella tarde la misma pregunta se repetía una y otra vez en mi mente, cuánto tiempo hace que te fuiste de mi lado, que te marchaste y me dejaste aquí, sola, con el alma rota por tu inesperada ausencia, al cuidado de nuestros ocho hijos, viuda.

En el silencio de cada noche te llamé, buscaba tu cordura que ya desgraciadamente se me fue con tu muerte.

Después de tu marcha me criticaron, hablaron a espaldas de mí. A la cara me decían que era una ayuda que me ofrecían sólo a mí, pero descubrí que fue realmente una humillación entre prebendas engañadas. Me llamaron ignorante, mala madre, mal hablada, inculta por tener tantos hijos en esta época de la vida. Que no tenía pasado, recuerdos ni historias.

Y sí cariño mío, fui vencida, no pude más, me he mirado y he visto como he caído en el victimismo, la desesperanza y el olvido de mi propia fuerza. Cada día mi amor, lo único que puedo decirte es que salgo adelante como puedo, y que han sido ellos, nuestros ocho hijos, los que al final han luchado por vencer los obstáculos de este camino.

Recuerdo como te sentabas en esta mecedora y los abrazabas a cada uno, entre lágrimas que brotaban de mis ojos por aquellos instantes. Nadie supo de las noches de nana con ellos, de como les contabas historias y les cantabas en voz baja, de como los mirabas a sus ojos y les decías palabras de cariño, afecto y amor.

No olvido aquel día en el que nuestros hijos te rodearon sentados juntos a esta mecedora. Todos te observaban expectantes, en silencio, con sonrisas inquietas. Los mirabas y en tus nanas les cantabas a cada una un sueño, una ilusión. A una la llamabas Descubridora, a otra Castellana y a la otra, Judía y Mora. A la más distante la llamabas Luz del Alba y a la otra, Musulmana y Cristiana. A la mayor, Plata Graciosa, a la otra, Señora, y a la niña de tus ojos, Madre, la que te vio nacer y fue vientre de tu vida.

Hoy cariño quise escribirte, que mis letras fueran tuyas, pero aquellos que se apropian de ti, me alejan de tu luz y de tu aroma. Hoy querido Blas Infante, hoy a veces no reconozco a esta tierra.

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