La carta que siempre debí escribir

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No soy de arrepentirme, soy de equivocarme. He tomado decisiones equivocadas, lo admito, pero no me arrepiento de lo que decidí en aquel momento.

Un año después esta idea no se me ha derrumbado. No me arrepiento de aquella carta que escribí, de las primeras letras que encadené una tras otra y que me han convertido en preso de tus palabras impresas. Aquella carta que pensé que era la noche, se convirtió en luz, desbrozó un camino oculto de letras perdidas que quise destruir y pensé alejarlas de mí, pero que sueño con ellas como en mi primer amor.

Las palabras escritas son simplemente eso, palabras, pero a ellas te quedas atado de por vida y en ellas dejas parte de ti, de tus sueños, de tu otro yo imaginario y de ese teatro de la realidad. La palabra que se arropa sólo por la voz, se la lleva el viento, la arrastra el silencio y ya nadie la recuerda, todos la quieren olvidar.

¡No mires a cada lado, no bajes la cabeza!, me decías cada día. Tú fuiste el primero que me despreciaste, el que quisiste escapar de mí, y lo hiciste porque me tuviste miedo, porque sabes que si me dejas escrita, ahí permanezco.

Hoy ese miedo se ha ido diluyendo y ahora me pregunto, ¿será que todos temen escribirte? ¿que aquellos valientes que hablan de ti te tienen miedo?

En este viaje que emprendimos juntos hubo noches que me llamaste a tu lado para hacerte compañía y me enseñaste la sensualidad de tus curvas, para despertarnos en aquellos fríos amaneceres de letras que se enredaron deseando ser palabras cálidas, y a tu lado….los caminos se han vuelto diferentes, se han abierto a otro mundo.

Hace un año me convertí en tu compañero. Aquel papel en blanco me sedujo y aparté el miedo por estar a tu lado, olvidando todas aquellas palabras que quedaron en el camino y cuantas letras jamás vieron la luz. Me ruborizaba pensar que podía tenerte entre mis manos, que las yemas de mis dedos te rozarán en ese deseo de poseerte, de saber que eras mía, pero al final tú me has apresado a mí. Hoy intento acariciarte a cada momento, no hacerte daño, te susurro con tinta lo que te deseo y tú me regalas el perdón pese a mi imprudencia; hoy las palabras escritas que abandoné en el pasado, las añoro por su fatal destino al que las envié.

Hoy volveré a equivocarme, no lo dudes, pero no me arrepiento de estar junto a ti. Ya ha pasado un año y aquellas palabras que fueron escritas se encuentran junto a mí, nos las abandoné, no se perdieron en esa oscuridad del miedo, hacen compañía al resto y ha visto la luz, para ser que sean leídas por unos, despreciadas por otros, ignoradas por muchos, pero ya jamas se volverán a encontrar en la soledad de mi sueño.

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