Tres globos de colores

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Otro viernes. Cuando llega este día su sonrisa le delata,…es otro hombre. No lo soporto más y de hoy no pasa.

Los viernes de estos últimos seis meses, Carlos, un maduro arquitecto sevillano, había dejado de ir a casa para almorzar. Le había dicho a su esposa que se había encontrado, después de muchos años, con dos amigos íntimos de la infancia y que habían decidido quedar ese día de la semana para comer juntos, hablar de sus vidas y recuperar la amistad perdida en estos años. Con Casimiro, dueño de un taller de reparaciones de vehículos, y Adolfo, que había sido despedido recientemente de una empresa de telecomunicaciones, de la que había sido director comercial.

Aquel mediodía le esperé escondida junto a su estudio de arquitectura. Estaba convencida de que aquella historia de sus amigos era falsa, había repasado la lista de invitados de nuestra boda que conservaba junto al álbum de fotos, y aquellos nombres no aparecían por ningún lado. Era una mentira que tenía que sacar a la luz. En los últimos meses, Carlos se había vuelto distante, algo más silencioso de lo habitual, durante la semana únicamente hablaba de trabajo, pero cuando llegaba el viernes, su rostro cambiaba completamente. Era evidente y no podía ser de otra manera,… tenía una aventura y se estaba viendo con otra mujer.

Carlos salió rápido del trabajo, le noté inquieto y muy nervioso. Mientras caminaba de forma apresurada se fue quitando la corbata, como si le ahogara, y apenas pude seguirle los pasos. En todo momento intenté que no me viera, que no notara mi presencia, mi respiración se agitaba a cada instante, entre el caminar acelerado y mis propios nervios por descubrir lo que a cada momento se hacía más evidente. De repente,…al girar en una esquina, se detuvo en lo que parecía un pequeño bar que había situado junto al Hospital de la Caridad, y cuando fue a entrar, miró a cada lado, como si huyera de alguien. Pensé que me había descubierto, pero la ansiedad le pudo y daba la sensación de que no miraba realmente lo que ocurría a su alrededor. Me acerqué a la ventana de aquel bar y allí estaba, riendo, hablando en voz alta, gesticulando con sus brazos más lo normal en él,…se le notaba feliz de estar allí. Comenzó a quitarse la chaqueta y a poco que observé, comprobé como detrás de un pequeño biombo había alguien más. Carlos pasó detrás de aquel separador que dividía un gran salón interior con la zona de la barra del bar, y al cabo de unos minutos, y cuando ya me había dispuesto a entrar y enfrentarme a aquella situación, el miedo me paralizó. No supe reaccionar, no sabía que estaba pasando, retrocedí y me escondí detrás de una furgoneta que había junto al bar, no quise mirar, cerré los ojos,….y en ese momento….reconocí la voz de Carlos.

¿Que estaba yo haciendo allí?, me pregunté. El corazón me iba a explotar, la respiración me faltaba, el sudor bañó mi cuerpo cálido, mis manos y mis piernas comenzaron a temblar y repentinamente caí al suelo,…perdí la conciencia.

Dos horas después desperté en el hospital. Una vez recuperada del desmayo, crucé por un largo pasillo de vivos colores, lleno de pinturas y dibujos, y de aquella habitación venía un bullicio fuera de lo normal para un hospital, donde se escuchaban risas y voces cantando. No pude evitar la curiosidad, me acerqué a la puerta y cuando miré por la pequeña ventana que tenía….allí estaba Carlos, vestido de payaso, jugando con los niños, haciéndoles reir, cantando con ellos, abrazado a todos.

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