El corredor de la lentitud

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Llegaba la oscuridad queriendo hacerse dueña de un día eterno de luz, buscando ser protagonista de aquellas noches efímeras del mes de junio y el barrio se encontraba, como cada año, más animado de lo normal con la llegada de las fiestas. Los más jóvenes habían tomado las calles disfrazados de adultos, se les veía fumar sus primeros cigarrillos, mejor dicho…los quemaban, bebían aquellos enormes vasos de refrescos donde ocultaban pequeños sorbos de alcohol, y a escondidas….los primeros encuentros. Las casapuertas se convertían en confidentes de aquellos besos inocentes, de las caricias de cuerpos adolescentes.

El calor se hizo insoportable en aquellos días y la noche de San Juan había sido extremadamente calurosa, lo que vaticinaba un verano de altas temperaturas. Las ventanas permanecían cerradas con las cortinas echadas y un frescor artificial inundaba toda la casa. La puerta del dormitorio se encontraba entreabierta y sin hacer apenas ruido entré en su habitación,….allí estaba, acostado en su cama, en silencio, con los ojos completamente abiertos y su mirada perdida en aquella foto que colgaba de la pared. Por un momento pensé que no me había visto, pero cuando alargó su brazo, me agarré a él como si se me fuera a escapar la vida. Era lo que más quería en este mundo.

Comencé a pasarle mi mano sobre su frente y las yemas de mis dedos se deslizaron suavemente por las mejillas, queriendo apartar aquellas gotas de rocío que descendían solitarias y que habían nacido de aquellos ojos color miel. Su cuerpo permaneció inmóvil, rendido por un día perdido en el tiempo. Me acerqué a su oído y en voz baja le susurré _¿quieres qué te cuente un cuento?-,…no articuló palabra alguna, pero sus párpados se cerraron levemente mostrando su deseo por escuchar mi voz.

_ Hoy el cuento te va a gustar, se llama El corredor de la lentitud y en él aparece uno de tus animales preferidos. Escucha con atención:

En el centro de una enorme ciudad, donde las personas caminaban solitarias ignorándose las unas a las otras, se encontraba un pequeño parque de árboles frondosos, de un color verde intenso, donde se respiraba un aire puro dentro de aquella contaminación; y en su interior un estanque de agua limpia, donde a diario los animales acudían a refrescarse del calor del verano.

Una mañana Dorina, una joven ardilla, se encontró con Rodolfo, una vieja tortuga que caminaba lentamente hacia el estanque. Dorina estaba siempre corriendo y saltando de rama en rama, todos los días hacía algunas de sus travesuras y sus padres siempre le decían que tenía que ser bueno con los otros animales del parque y con los niños que lo visitaban. Jamás se paraba a pensar lo que estaba haciendo, únicamente quería pasarlo bien, en correr de un lado a otro, sin detenerse a mirar lo que había a su alrededor.

Rodolfo era una tortuga mayor, caminaba siempre muy lentamente alrededor del estanque, se paraba a hablar con los otros animales del parque y sobre su caparazón llevaba a algunos de ellos, acercándolos para que bebieran agua. Su voz era grave, pausada, y siempre mostraba una sonrisa con todos los que se cruzaban con él.

Esa mañana, Dorina se detuvo frente a Rodolfo y comenzó a burlarse de lo lento que caminaba, saltando de un lugar a otro le daba pequeños gritos y le decía que nunca podría hacer lo que él hacía. Rodolfo movió lentamente su cabeza y sus ojos, y sin decir una sola palabra, se limitó a sonreír por la actitud de aquella joven ardilla. Dorina comenzó a enfadarse porque veía que la tortuga continuaba su lento caminar sin prestarle apenas atención.

De repente, Dorina se puso en el camino de Rodolfo y le dijo:

_te reto a una carrera,… si eres capaz de llegar antes que yo al estanque, te dejaré para siempre tranquilo y jamás volveré a molestarte_.

Rodolfo no quería enfrentarse con Dorina, pero ante su insistencia aceptó el reto. Los animales del parque comenzaron a acercarse al lugar donde habían colocado la salida y se arremolinaron a lo largo del recorrido.

Curro, el sapo más veterano del estanque, fue el encargado de dar la salida. Dorina comenzó a saltar y correr rápidamente, mientras Rodoldo inició lentamente su caminar directo al estanque. La ardilla veía como dejaba atrás a la tortuga, pero comprobaba como el resto de animales solo aplaudían a Rodolfo y que a él no le prestaban atención. Dorina llegó primera a la meta y la aplaudieron, pero cuando Rodolfo alcanzó el final, todos los animales del parque saltaron y gritaron de alegría, y elevaron al aire a la tortuga para celebrar que había llegado a la meta.

Dorina sorprendida no sabia que estaba pasando hasta que se le acercó Curro y le dijo:

_ felicidades, has llegado el primero, pero estás viendo como todos felicitan a Rodolfo y lo hacen porque tiene el afecto de todos, porque todos lo quieren,….se ha llevado toda su vida disfrutando de cada momento de amistad del resto de los animales del parque, ha ayudado a todos en algún momento, se ha parado siempre para saludarlos,….no ha querido correr durante su vida, ha decidido vivir cada momento_.

Aquella noche mi padre se quedó dormido con el cuento que le narré, abrazó con su sueño la fotografía de mi madre, que nos dejó hace un mes por culpa de aquel maldito borracho que iba al volante de ese coche que terminó con su vida. Lo observé,…en sus ojos cerrados vi el lamento por haber ido tan deprisa por esta vida, por no haberse detenido a saborear cada instante de ella, de no haber estado más tiempo junto a su mujer,…junto a mi madre, y porque empezaron a pasar los días, los meses y los años y también dejó de disfrutar de mi todavía niñez.

Pero siempre recordaré el amanecer del siguiente día, del sol que entraba por la ventana de mi habitación, del despertar de aquella mañana de verano. Siempre guardaré en mi recuerdo aquel abrazo que me regaló mi padre, el olor a frescura de su piel, de las caricias de sus manos, de su beso en mi mejilla….de cuando se acercó a mi cama para decirme al oído que quería estar para siempre a mi lado, que estaría junto a mí para vivir cada nuevo momento, para compartir nuestras vidas y que nunca se nos marchara de las manos, que jamás se nos alejara sin haber sido vivida.

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