El Andén

Habíamos terminado de cenar y el silencio inundaba toda la casa. Mis padres se habían marchado a dar un paseo con Róner, nuestro viejo pastor alemán, y mi hermana se había encerrado en su dormitorio buscando su momento de intimidad. Me quedé solo en el enorme salón que había en casa de mis padres y extenuado por las largas horas sin haber dormido, mi cuerpo quedó desvanecido en la vieja mecedora de mi abuela. Más de veinticuatro horas de viaje en avión, de pasar por tres aeropuertos, de cruzar medio mundo, y aquí me encontraba,… en soledad.

Hacía un mes que mi abuelo había fallecido y su recuerdo en aquella casa estaba muy presente. Al día siguiente iría al cementerio, en un vano intento de querer hacerlo presente en esta vida, de intentar devolverlo a esta realidad de la que ya se había marchado. Tras su voz grave, su gesto siempre serio, su escenificación de un malhumor inexistente, se escondía una enorme ternura, una sensibilidad exquisita por todo lo que le rodeaba. Era un hombre misterioso y extraordinario.

En mis manos su carta. Mi padre me había entregado al terminar la cena un sobre que había dejado mi abuelo para mí. En la soledad de aquel salón oscuro, con la luz tenue de la lámpara situada junto a la mecedora, mis manos temblaban, mi aparente calma había desaparecido y la inquietud se reflejaba en los movimientos incontrolados de mis piernas. Abrí aquel sobre y una carta manuscrita por mi abuelo, con una hermosa caligrafía, se apareció antes mis ojos. Aquellas letras escritas lograron que mis ojos se humedecieran rápidamente.

Granada, 2 de enero de 2012

Querido Ramiro,

Te marchaste aquella mañana sin decir una palabra, sin dar una explicación a lo que estabas haciendo. Tus padres, tu abuela, tu hermana, todos se quedaron perplejos ante aquella marcha repentina, menos yo,…yo sí supe la causa de tu huida. Querido Ramiro, lo que ahora te cuento es mi historia, un secreto, y sólo tú y yo lo sabremos, pero mi secreto,…mi secreto es tu vida.

En aquella noche fría del mes de febrero la conocí en un andén de la estación de Granada, fueron treinta minutos, sólo treinta, pocas fueron nuestras palabras, pero intensas aquellas miradas. En ella descubrí el verdadero amor de mi vida, a la mujer que siempre he amado, a la que he entregado en silencio mis besos, mis caricias, …. y todo, …todo en mis sueños.

Ramiro, en aquel andén dejé parte de mi vida, sólo media hora, y ella tomó otro tren, marchó a otro destino, buscó su vida. Hijo mío, en aquel andén grabé su nombre, quise que aquel recuerdo nunca fuera olvido, que aquel sentimiento nunca fuera muerte, que aquel amor siempre fuera eterno. ¡¡Sí,… claro que sí!!, nos volvimos a encontrar, coincidimos alguna que otra vez, pero apenas nos hablamos y cruzamos algunas palabras en cada uno de esos breves encuentros, siempre callé mi amor, ella jamás supo cuanto la amaba.

¡¡Mi niño!!, siempre he creído que perdí el tren de mi vida, que se marchó un sueño, que una vida se fue por un camino desconocido,…no lo sé,… Tu abuela, a la que he querido toda mi vida, se marchó de este mundo sin saberlo, o al menos eso quería creer yo.

Querido Ramiro, aquel día te marchaste sin decir una palabra, huiste de un amor en silencio. La mañana de tu despedida me reconocí en tus ojos, en tu mirada. Sufrir por no poder estar con la mujer que amabas, por gritar en silencio su nombre,… ¡no Ramiro!, no quiero que hagas lo mismo que hice en mi vida. No decir te quiero a la persona que realmente amas es morirte poco a poco, es pasar por la vida, pero no vivirla.

Ramiro, mi niño, nunca calles.

Te quiero.

Tu abuelo

Aquellas lágrimas descendieron por las mejillas acariciando suavemente mi piel, reseca y marcada por el tiempo pasado en Cebú, y en aquel silencio aterrador de la noche, mi cuerpo derrotado por el cansancio y los pensamientos, quedó inerte en aquella vieja mecedora.

A la mañana siguiente, al despertar, aún sostenía la carta entre mis dedos adormecidos y una manta de lana tejida por mi abuela cubría mi cuerpo, abrigándome del frío de la noche. Apenas aquellos primeros rayos de sol entraron por la ventana, me levanté sin hacer ruido. Antes de ir al cementerio decidí pasar por la estación, quería ver el lugar donde mi abuelo años antes se había enamorado de aquella mujer desconocida. Al llegar,…me senté en un banco deteriorado por el paso del tiempo y allí permanecí varias horas en silencio, viendo pasar a los viajeros, escuchando los sonidos de la estación, la constante salida y llegada de trenes.

Ya en el cementerio, al llegar al panteón donde se encontraba enterrado mi abuelo, comprobé como reposaba una rosa fresca a los pies de un Crucificado, y allí lo sentí, en paz,…incluso sonriente.

Aquí me encuentro, en el Aeropuerto Internacional de Los Ángeles, esperando el vuelo que me llevará de regreso a Cebú, para reencontrarme con mis niños, a los que adoro, a los que he entregado mi vida, los que me han enseñado a vivir. En mis manos sostengo la carta de mi abuelo, no puedo apartarme de ella, ambos hemos compartido el sufrimiento del silencio, de un secreto que nunca salió de sus labios, de un secreto que no ha salido de mis labios, de dos secretos que jamás han respirado el aire de la realidad.

Querido abuelo, no he sido valiente, no la he llamado, he callado, lo siento.

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