La Azotea

Aquellas mujeres embutidas en un luto riguroso, menudas, con andar cabizbajo y el cabello recogido con un llamativo rodete, caminaban aprisa por aquellas estrechas callejuelas de casas blancas y de fachadas abruptas. Las puertas siempre abiertas escondían pequeños patios, cuyas plantas y flores inundaban cada rincón y que llenaban de color a la sombra. Cada primavera se repetía la misma escena, el ir y venir de cubos de zinc llenos de cal viva que se paseaban por aquellas angostas calles. Había llegado el momento de encalar las casas, por dentro, pero especialmente por fuera, las fachadas tenían que relucir.

Aquellas imágenes habían permanecido en los ojos de mi niñez, en aquella juventud incipiente de voz desquebrajada, y ahora con un anhelo desesperado parecía querer encontrar los recuerdos de aquellas calles, de aquellas casas. Buscaba un momento que se había perdido en aquellas azoteas, transitadas, accesibles de una casa a otra, repletas de  cuerdas a modo de tendederos, que se alzaban al cielo con aquellas largas cañas que el mayeto traía de su huerta.

Entre aquella ropa tendida y las enormes sábanas blancas acariciadas por el cálido aire levante, descubrí el primer amor, se atrapó el primer beso, la primera caricia. Saltaba los pretiles de las azoteas, pasaba de una a otra, me convertí en un delicuente de la pasión, en un transeúnte en búsqueda del deseo, y todo para encontrarme con ella. Todas las tardes, un encuentro.

Su recién estrenada adolescencia fértil, su cuerpo menudo de piel blanquecina, el cabello enredado, alborotado por el aire, su fragilidad. Una camisa anudada a la cintura escondía sus pezones endurecidos de unos pequeños pechos que comenzaban a enseñar la pérdida de la inocencia.

Entre aquellos tendederos llenos de ropa,… escondidos, ocultos, nuestros labios se fueron descubriendo, se encontraron las primeras caricias. Detrás de aquellas enormes telas, se vislumbraba siempre la existencia de dos sombras estrechas. En el juego, en las carreras, aparecían las mariposas que volaban entre aquellas sábanas, compartían nerviosas el descubrimiento de una nueva sensación, testigos de encuentros breves como sus propias vidas efímeras.

En aquella azotea se esconde y escribe una historia de amor, la primera y única sensación que jamás después ha sido repetida, el hallazgo de dos navegantes descubridores, que perdidos en el mar, encontraron nuevos mundos.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s