CARTA DEL LIBRO INACABADO




Los treinta años de vida en aquella casa habían llegado a su fin, me marchaba, decidí dejar atrás todas las vivencias y recuerdos que entre aquellas paredes se concentraban en los cuadros, los libros y las fotografías que la inundaban. El estudio situado junto al patio de luces se había quedado pequeño, y en cada habitación de la casa se podían encontrar libros y CDs apilados y dispersos. El desorden había llegado a mi vida hacía años.
De nuevo aquel libro en mis manos, La Sonrisa Etrusca, y un pequeño papel sobresalía a modo de separador, al abrirlo, allí estaba, doblado en cuatro pliegues, alisado, descolorido. Cuando lo desplegué mis lágrimas se asomaron.

                                                                                                               Córdoba, 5 de mayo de 1989

               Querida Isabel,

               No sé como empezar. Te he dejado esta carta en el libro que estás leyendo, por la página que tienes marcada, y cuando lo abras y veas este simple papel, te sorprenderá, creo.
               Llegaste a mi vida sin hacer ruido, tu belleza, la sonoridad dulce de tu voz, los largos encuentros de conversación, me cautivaron. Nunca olvidaré todos los momentos de intimidad, de tu cuerpo desnudo tumbado sobre las sábanas blancas, de tu piel morena, las curvas de tu cintura, tu espalda pequeña, pero de hombros fuertes, de tus piernas menudas y bien formadas.
               Estoy profundamente enamorado de ti, pero me marcho,…Todos estos años viéndonos como prisioneros tras las paredes de esta casa, sin que el cielo haya podido ser testigo de nuestros besos, de nuestras caricias,… tienen ahora su fin.
               Mi amor por Dios no es superior a mi amor por ti, pero el miedo, mi cobardía, hacen que ahora te abandone. Me marcho lejos, lejos del olor de tu piel, de tu voz, de tus palabras…

             Cuando leas esta carta, no quiero el perdón de Dios, quiero tu perdón.

             Hasta siempre.

            Jesús

No recordaba aquella carta, siempre permaneció en aquel libro jamás acabado de leer. Su muerte, su ausencia, fue mi mayor condena. Aquel día se marchó ella de este mundo y mi soledad y nuestro secreto siempre me han acompañado.

Qué justicia hizo que tú te marcharas.

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