LAS MANOS OLVIDADAS

Cuanta belleza había en aquella copa de vino. Su color tostado se sonrojaba cuando el sol la miraba. Su aroma era exquisito, un jardín de jazmines y de naranjos florecidos, y su cuerpo, maduro era, extremadamente bello mientras su piel mostraba la riqueza del paso de los años.
Querida copa de vino, tu importancia en nuestras vidas es indudable. Estás presente en las celebraciones, los romanos adoraban a un dios en tu nombre y fuiste testigo directo de la última cena de Jesucristo; sin duda alguna, esta obra de arte que explora cada uno de nuestros sentidos tiene algo de santidad.
 
Pero ahora desde aquí quiero acordarme de ti, artista olvidado de esta obra de arte. Quiero expresarte mi agradecimiento porque en tus manos se encuentra el origen de esta maravilla de la vida. Aquellas manos agrietadas, anchas, morenas, rudas, son las manos de un padre o una madre, que protegen a su hijo del frío, que acarician cada yema de la cepa, le da la forma a su cuerpo y le dice cada día cómo debe crecer.
 
Aquellas manos alejan a la vid de aquellos que se le acercan con la única intención de aprovecharse de su amor, de su riqueza, de su pureza, cuidan la tierra donde vas a crecer, dan su vida por tu vida.
 
A aquellas manos olvidadas les ofrezco mi gratitud y mi adoración. 
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